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Calderón se queda sin uno de sus escudos

El aún presidente del Real Madrid, el ínclito señor Ramón Calderón, ése que no ganó en las urnas porque urdió un plan perfecto para que el voto por correo no se contabilizase (habría ganado Juan Palacios) comienza a presentar unos serios síntomas de pérdida de control de la realidad y, lo que es peor, creerse el dueño de la finca merengue. Su penúltima hazaña, aunque no sin razón, ha sido liquidarse de un plumazo al entrenador de la primera plantilla, el antipático de Bernd Schuster, quien dijo tras el partido frente al Sevilla que era imposible pensar en una victoria ante el Barcelona. Evidentemente, la frase era toda una declaración de intenciones y el máximo mandatario, en connivencia con Pedja Mijatovic, han optado por traerse al multimillonario Juande Ramos para tratar de revertir la situación deportiva.

Sin embargo, a pesar del relevo en el banquillo, poco o nada podrá hacer el técnico manchego para mejorar lo que hay. Quizá puede tener una política de comunicación más fluída con los jugadores, ser más abierto y menos huraños en las conferencias de prensa...pero la plantilla que hay a día de hoy da para poco más que lo demostrado hasta la fecha. Y eso no hace falta que venga ahora Ramos para constatarlo. Schuster ya lo denunció durante la pretemporada, pero le hicieron el mismo caso que si sus quejas las hubiera planteado en un congreso de sordos.

Lo cierto es que el presidente madridista tiene que empezar a mirar por donde camina. Sabe que se ha quedado sin uno de los escudos que le cubría frente a una exigente masa social y los siguientes tropiezos no van a parar al debe del técnico, sino de la cúpula directiva. Seguramente, en el caso de que los resultados sigan dando la espalda al club madrileño, el siguiente en salir será Mijatovic y acto seguido el propio señor Calderón. La cacicada de la pasada asamblea fue un fiel reflejo del descredito del personaje, que ya no puede engañar a nadie por más tiempo. Y encima la televisión oficial del club sólo ofreció el discurso inicial del mandatario. Las quejas de los socios compromisarios fueron sustituidas convenientemente por una entrevista a una vieja gloria del club. Vamos, ni Castro ni Chávez hubiesen llegado a tanto. Así están de contentos en Can Barça. ¡Y qué dure, pensarán!

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