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Triste y surrealista aniversario

Hace hoy, justo un año, que estrenaban hogar. Millones de ilusiones, de nervios, de sensaciones y de incertidumbres se entremezclaban entre una pléyade inmensa de hijos que, recientemente, habían sido adoptados por unos nuevos padres. Los anteriores, por diversos motivos que ahora no vienen al caso, habían ido abandonando a su suerte a todos los vástagos. Sin embargo, los progenitores recién llegados parecían dispuestos a que no les faltase de nada a sus hijos, les subieron incluso la paga, aunque a cambio debían de renunciar a todo su pasado, a toda su historia. Ningún recuerdo de la etapa anterior debía de quedar en pie. Borrón y cuenta nueva. Con más o menos recelo, casi todos aceptaron las normas, salvo los hermanos más mayores que no estaban dispuestos a arrojar por la borda del olvido un montón de experiencias vividas, aunque en las mismas se hubiesen producido algunos sinsabores. Eso les llevó a ser excluidos del núcleo familiar, aunque tiempo después los jueces dictaminaron que debían reintregrase al mismo.

En fin, que hace un año se mudaban a una casa, a todo lujo, en pleno centro de Santa Cruz de Tenerife, con todos los lujos a nuestro alcance. Ya no había que agobiarse como en La Laguna cuando había que ir a un mandado o a otro. Cualquier lugar estaba a tiro de piedra y eso se notaba en una salud menos estresada. De hecho, si algo sobraba, era tiempo para poder dedicárselo al ocio, a pasar el rato tras unas cervezas, disparatar en un concierto o dilapidar las horas en la playa. Eran días, semanas y hasta meses de vinos y rosas. Todo era alegría y cero preocupación.

Sin embargo, como suele pasar en muchas familias, el cariño cegó en exceso a estos padres. Los caprichos satisfechos en los primeros pasos de la convivencia empezaron a generar un agujero en la economía familiar de padre y muy señor mío. Los hermanos, poco a poco, fueron saliendo en busca de otros progenitores, de un hogar más modesto, pero donde al menos imperase la cordura y el buen ambiente familiar. Los que aquí se quedaron pudieron comprobar como, paulatinamente, los roces y las discusiones amargas salían a la superficie. Comenzaron las faltas de respeto mutuas entre padres e hijos, discusiones subidas de tono, desplantes e insultos. Esa fue la tónica del día a día hasta que sin tiempo a que finalizase el año, la familia se resquebrajó por completo. Hijos arremetiendo contra los padres, los hermanos peleados entre sí. Incluso, en más de una ocasión, la policía tuvo que venir a apaciguar unos ánimos cada día más caldeados.

Al final, a la llegada de este aniversario, los pocos hijos que ya quedan en esta residencia, están a la espera de que el juez de familia decrete su salida de estas cuatro paredes e ingresen en un centro de acogida para poder ser instalados, posteriormente, en otro hogar. Desgraciadamente, su caso no es aislado. Más de tres millones esperan su oportunidad de caer en una casa en condiciones. Pero padres así, aunque sean adoptivos, no se encuentran tan fácilmente.

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gravatar.comAutor: Máximo Medina

¡Qué rápido pasa el tiempo! Los padres y los hijos cometen errores, pero al menos deberían tenerse cariño. No es el caso, porque en esta ocasión hablamos de adopción. No siempre salen bien, a veces el acoplamiento no tiene lugar y mucho más cuando los progenitores viven una realidad diferente, en la que la opulencia marca los pasos. Es digno de una novela en la que los desacuerdos serían los protagonistas. Y poco después llegué la crisis. Si éramos pocos, parió la abuela. Ésta hubiese sido una buena madre para los desamparados hijos.

Fecha: 01/03/2009 23:28.


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