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Desde mi escaño

Psicosis aeroportuaria

Psicosis aeroportuaria

La seguridad aérea, después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, quedó en entredicho y, lamentablemente, poco o nada se puede hacer para evitar a bordo que un maníaco, un aficionado a querer ser estrella de los informativos o el clásico pirado que busca sus cinco minutos de gloria cometa una de las suyas y ponga en jaque a todo un pasaje y a la tripulación en pleno. Hoy, por muchos controles de seguridad que haya que pasar, especialmente si usted decide tomar un vuelo hacia los Estados Unidos, no hay plenas garantías de que cualquiera de los que va a su lado sea un pasajero normal o se encuentre con un suicida en potencia. Hombre, lo lógico es que todos los que estén en el interior de la aeronave sean ciudadanos corrientes, que van a su lugar de destino por motivos laborales, de ocio o de lo que sea, pero nunca uno piensa que tiene en la butaca aneja a un discípulo de Bin Laden. Pero, qué duda cabe, actualmente todos, sin excepción, somos tratados en los aeropuertos de todo el Mundo con potenciales terroristas.

 

Y miren, no voy a ser yo quien cuestione las medidas de seguridad por las que tenemos que pasar. Al contrario. Considero que es preciso establecer esos filtros, aunque el vuelo sea desde El Hierro a La Palma o desde Madrid a Chicago. Cualquier distancia o duración, por despreciables que sean (me refiero en términos de kilómetros y de tiempo de trayecto), son una golosina para quien quiera hacer de su causa una reivindicación, amén de no importarle llevarse por delante la vida de otros y la suya propia. Sin embargo, ya que nos ponemos más papistas que el Papa con determinados controles, sí que hay que reclamar a las autoridades españolas, verbigracia el Ministerio del Interior, que habilite más agentes para agilizar estos cacheos o revisiones.

 

Ahora mismo, sobre todo si usted quiere viajar a Nueva York, Boston o Los Ángeles, por poner tres ejemplos de destinos muy solicitados, debe estar en el aeropuerto tres o cuatro horas antes de que salga su avión o, de lo contrario, no le garantizan el embarque. Y es que los controles son rigurosísimos, máxime tras la detención de un ciudadano nigeriano que, supuestamente, pretendía volar un avión en Detroit y que, gracias a Dios, pudo ser reducido por el pasaje y la tripulación. Pero esa psicosis lógica y comprensible no puede desviarnos de la cuestión principal, que hacen falta más efectivos que controlen el acceso de los viajeros a los diferentes vuelos. No seré yo quien cometa la osadía de hablar de falta de eficiencia y eficacia en el tipo que se les coló en el aeropuerto estadounidense y que casi logra su propósito de inmolarse a 30.000 pies de altura, pero seguramente en Estados Unidos, como aquí, en España, a veces estos servicios de seguridad no cuentan con los miembros suficientes y si encima sobrevienen episodios de esta naturaleza los cacheos se intensifican y, por tanto, el tiempo para pasar todos los filtros se eleva a la enésima potencia.

 

Desde luego, sé que es más fácil escribirlo que hacerlo, pero en estos días habrá que ser un poco más pacientes en nuestros aeropuertos, entender la labor que realizan los agentes y miembros de la seguridad privada y, en todo caso, a quien habría que formular una queja formal sería al departamento de Alfredo Pérez Rubalcaba por no dotar de más miembros un servicio que, tras el episodio de Detroit, ha disparado las alarmas y esos policías y guardias civiles, aparte de los seguritas de turno, no dan abasto con tanto pasaje.

1 comentario

Máximo Medina -

Afortunadamente hace años que no necesito tomar ningún vuelo. Si al riesgo en sí de volar en un aparato de no sé cuántos miles de kilos hay que añadir el de un posible terrorista que vaya en el avión y con intenciones de acabar todo lo que allí se encuentre, es como para pensar seriamente qué hacer. Por ello, todo control es poco, pero sin pasarse. Las cosas se pueden hacer bien en poco tiempo, pues tampoco son demasiadas las cosas que se deben buscar y más con gente que conoce acerca de todo lo que se puede utilizar para esos fines absurdos, como son el de volar un aeroplano. Pese a todo, los árboles deben permitirnos ver el bosque y partiendo de la base de que la seguridad debe estar por encima de cualquier cosa, no hay por qué demorar en exceso los vuelos. Deben tomarse las medidas adecuadas, pero dejando a un lado la psicosis y obrando con la eficacia necesaria. Si para ello es imprescindible que haya más personal, no me voy a oponer a ello lo más mínimo. Quizás a este mundo le haga falta algo de control, más del que se ha tenido hasta ahora. De esa forma se podrían haber evitado trágicos episodios de un pasado demasiado reciente.