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Silbato femenino

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¿Por qué no hay mujeres árbitro en la élite del fútbol español?  Esa es una de las grandes incógnitas que nadie ha conseguido resolver, aunque seguramente todo venga dado, amén de por el rancio machismo que aún perdura en ámbitos como el balompédico, por las dificultades que se le ponen a las féminas con las que, curiosamente, se les piden unas marcas mínimas tan exigentes que no pueden llegar. Eso sí, alguno de sus compañeros masculinos luego se pasean por los campos como auténticos motores gripados, ahogados a la cuarta carrera y aplicando las normas al buen tun-tun.

Hace ya algunos años hubo en Segunda División una asistente o linier, Marisa Villa, que estuvo a punto de ascender a Primera. De hecho, tenía todos los pronunciamientos a favor, pero carecer de una marcha más de velocidad la dejó sin probar las mieles del éxito. Y eso después de aguantar durante muchas temporadas la incomprensión de cierta parte de la grada y, sobre todo, de algún jugador que llegó a expresarse en términos demasiados vulgares, como Fagiani, jugador del CD Tenerife, que decía que a él no dirigía ninguna mujer. Su expresión fue bastante zafia y condenada por quienes tenían que hacerlo de manera y forma contundente.

Si la justicia que se imparte, valga la cuasi redundancia, en los juzgados es ejercida tanto por hombres como por mujeres, no se comprende como se le ponen tantas trabas a esas jóvenes que se interesan por la justicia deportiva, es decir por el arbitraje. No hay tantos colegiados en stock, si se me permite la expresión, como para estar siendo tan exquisitos con esas chicas que se decantan por hacer deportes desde el ámbito del arbitraje balompédico.

Muchas veces hemos visto como en categorías inferiores tienen que acabar bajando árbitros de élite (incluso hasta de la Primera División) para dirigir encuentros que se han quedado sin árbitro porque era imposible encontrar a un colegiado libre. Pues bien, ahí tenemos a unas féminas que desean colgarse el silbato al cuello y, en cambio, su afición choca con un muro insalvable, el de un machismo genético que no parece estar dispuesto a perder su esencia, un aroma viejuno y que provoca que aún persistan en pie ciertos clichés que no son propios del siglo XXI.

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