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¿Estamos seguros?

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Da miedo pensar que el asesinato de un militar hace unos días en pleno centro de Londres, obra de unos exacerbados islamistas, empiece a ser la moneda de uso común y que en cualquier calle de nuestras ciudades nos podamos ver sorprendidos por un ataque de ese estilo. Cierto es que también en el reciente maratón de Boston aconteció algo similar, dos perfectos ciudadanos anónimos consiguieron sembrar el pánico y a Dios gracias que no se montó una carnicería mayor.

Pese a los esfuerzos denodados de un presidente de infausto recuerdo para España, José Luis Rodríguez Zapatero, lo de la alianza de civilizaciones es una filfa, un timo de la estampita perfectamente envuelto en un bonito papel de regalo, pero que no deja de ser una bomba de relojería. Estos elementos abyectos no tienen respeto alguno por su vida y mucho menos por la de los demás. Siniestros tipos que son capaces de inmolarse en nombre de algo que se llama Alá, pero que más bien parece que está 'pa llá', porque no parece lógico que te sacrifiques por algo intangible. Los católicos no nos quitamos la vida ni la de los demás en nombre de Dios.

Todas las precauciones a adoptar a partir de ahora son pocas, pero evidentemente algo habrá que hacer para evitar que esto suceda nuevamente. Lo más lógico, evidentemente, es contar con una vigilancia mayor y eso empieza controlando quiénes entran en tu país. No se puede dejar expedito el paso a alguien del que no haya un conocimiento mayor, pero si encima se le han dado todos los papeles necesarios para estar en el país y posteriormente las fuerzas de seguridad han detectado que eres un elemento como poco sospechoso, lo normal es actuar con prevención, adelantarse a la jugada.

España, desde luego, no puede dar ejemplo en este aspecto porque aquí el mayor atentado de la historia de nuestro país fue cometido por unos desarrapados criminales islámicos, con la cooperación de unos facinerosos españoles y después se ha tenido que proceder a la detención de auténticos sicarios del Este de Europa que han campado a sus anchas por los lugares más exclusivos. Todo un despropósito que ha provocado que estemos con miedo de que cualquier chiflado de estos nos rebane el cuello en el nombre de Alá, Mahoma o Mao Tse Tung.

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