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El Rey del palco y el sarao

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Lo de la monarquía española es de aurora boreal. Con la crisis internacional que ahora mismo tenemos en Gibraltar, con un tal Picardo haciendo el bobo solemne y las variadas amenazas hacia nuestro país de este señor que se cree el amo y señor de ese cacho piedra gigante y resulta que nuestro monarca prefiere dejarse ver en saraos tan superficiales como el homenaje a Raúl González Blanco, uno de los santos y señas del madridismo, pero que no ha sido ni el mejor de los jugadores que ha pasado por la casa blanca ni creo que Don Juan Carlos I esté, precisamente, para acudir a este tipo de acontecimientos tal y como pintan las cosas en la actualidad por el Palacio de La Zarzuela.

Nadie en su sano juicio entendió o comprendió la presencia del monarca en el palco del Santiago Bernabéu. Dejando a un lado las filias y querencias balompédicas de Su Majestad, lo cierto es que la inoportunidad de su presencia allí era más que sobresaliente. Internacionalmente damos una imagen al resto del mundo como que no nos importa lo que está sucediendo en el sur de nuestra España. El Rey puede acudir al fútbol, a los toros, al baloncesto o a la ópera cuando así lo estime conveniente, pero hay momentos en los que la lógica dicta que tu sitio no es ese, sino permanecer en un despacho pendiente de las últimas informaciones sobre el conflicto en el Estrecho.

Por desgracia (y por fortuna para la Casa Real) siempre hay un sector de la prensa que sale a su auxilio haciendo unas demostraciones brutales y descollantes de cortesanismo de rancio abolengo. De hecho, en algún medio ‘planetario’ he llegado a escuchar que la presencia del Rey fue algo inesperado, que no estaba en los planes iniciales de la organización del evento. Claro, por supuesto, un monarca que necesita una seguridad tremenda y más en lugares públicos como un estadio y resulta que cinco minutos antes de que empezase el evento al Rey se le pasó por la cabeza asistir y se presentó allí como cualquier hijo de vecino. Es para miccionar y que no salga gota alguna.

En fin, visto lo visto, a nuestro Rey le traen al pairo las bravatas del tal Picardo y sus bloques de hormigón hundidos en el Mediterráneo. A él que le sigan llevando de aquí para allá a eventos más terrenales. En definitiva, en eso se ha convertido nuestra monarquía, en una familia que sólo busca divertirse (como aspiramos todos), aunque con la salvedad de que a ellos la juerga se la pagamos todos de nuestros bolsillos, sobre todo los pescadores y faenadores que se han visto impotentes ante el abuso gibraltareño y la actitud melindre del Gobierno de España.

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