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El mal llamado síndrome post-vacacional

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En España somos diferentes, qué duda cabe. Con entre cinco y seis millones de desempleados (a ver cuándo se ponen de acuerdo las estadísticas mensuales y trimestrales) parece un insulto a la razón y a la inteligencia hablar de síndrome post-vacacional. ¿De qué síndrome? ¿El de la vuelta al trabajo o a los estudios? Pero si habría casi que montar una megafiesta el penúltimo día de vacaciones (y así pasar la resaca el día antes de incorporarnos a nuestras ocupaciones) por tener un empleo con el que poder ganarnos la vida y, si me apuran, por respeto a esas personas que llevan meses y años esperando una oportunidad laboral a sabiendas, además, de que tienen potencialidades para cualquier puesto de trabajo.

Sin embargo, aquí determinados medios de comunicación, en colaboración con una serie de gurús que dicen llamarse psicólogos, pero que no dejan de ser unos perfectos charlatanes y vendedores de crecepelos, insisten todos los finales de agosto en meternos por los ojos y por los oídos que es verdad, que existe esa enfermedad o mal que se denomina pomposamente síndrome post-vacacional y lo aplican tanto al trabajo como al ámbito estudiantil.

Siempre habrá quien pique en ese silogismo tramposo de que la vuelta a la rutina implica la esclavitud durante 11 meses, que el trabajo les impide darse a una vida de ocio, disfrute y esparcimiento. Sin embargo, a poco que alguien lo pensase fríamente, vería el truco en esa sentencia. En realidad, lo que nos permita gozar de un mes de diversión a manos llenas es, precisamente, poder disponer de un empleo que, además, en muchos casos, no sólo resulta satisfactorio, sino que nos realiza como personas, nos permite estar insertados en la sociedad, sentirnos verdaderamente útiles y, de paso, también hay que tener en cuenta que el hecho de no hacer absolutamente nada durante mucho tiempo sí que puede causar una verdadera depresión. El hecho de estar en un sillón esperando a que suceda algo, una llamada para una entrevista de trabajo, llega a provocar verdadera desesperación.

Por eso me alegra el hecho de leer a otros psicólogos que rechazan de plano la existencia de ese mal llamado síndrome post-vacacional y, especialmente, que digan que a quienes padecen esos síntomas no requieren de un tratamiento psicológico, sino que eso es algo que desaparecerá con la misma rapidez con la que vino. Insisto que el verdadero síndrome es el que sufren esos cinco millones largos de españoles que están a la caza y captura de una ocupación y ven que pasan los días, las semanas, los meses y los años y la ansiada oportunidad no llama a sus puertas.

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