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El niño del palo

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Hay anuncios agradables y otros que, directamente, producen un rechazo tremendo en el telespectador. Uno de estos ejemplos es el que tiene como protagonista a un niño que, rodeado de sofisticados juguetes, chilla como un poseso porque alguien le ha regalado un palo, algo sencillo y ante el cual el crío parece haber entrado en un estado de excitación imposible de frenar y gritando repetidamente: "¡Un palo, un palo, un palo, un palo!"

Alguien puede argumentar que simplemente se trata de un spot de 20 segundos, que la idea es vender la sencillez y la naturalidad de una bebida, una limonada, a la que no han añadido absolutamente nada. Vamos, que es lo más sano que uno puede encontrar en los lineales refrigerados de cualquier supermercado e hipermercado. Sin embargo, ¿es necesario poner a un neurasténico durante gran parte del anuncio para que nos martillee los tímpano y, de paso, acabe por hacernos odiar la bebida de marras?

Y es que, más allá de una cuestión de creatividad publicitaria, de querer ser originales, también hay que tener en cuenta que los niños son como esponjas y que absorben todo, absolutamente todo, tanto lo bueno como lo malo. ¿Ustedes se imaginan lo que es ir diez estaciones de metro aguantando a una pléyade de críos de diez años gritando a pleno pulmón eso de "¡Un palo, un palo, un palo, un palo!"? Es una tortura poco recomendable, sobre todo si uno pretende concentrarse en la lectura.

Entiendo que habrá gente a quien le haga gracia el spot de marras y que diga que, sencillamente, es genial. Pero, personalmente, considero que es una filmación cargante, que el niño de las narices va a acabar mediatizado de por vida con su dichoso "¡Un palo, un palo, un palo, un palo!" y que las ventas del producto en cuestión, al menos por lo que a mí respecta, no van a tener un aumento considerable. Al menos en casa esa limonada no entra hasta que no quiten el anuncio. Si ustedes quieren romperse los tímpanos, pinchen aquí.

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