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Los líos de Villalobos

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Celia Villalobos es sinónimo de bronca, de follón, de cizaña, de polémica continua y constante. El último episodio vivido en el Congreso de los Diputados con la señora vicepresidenta de la Cámara evitando no sólo el debate sobre Bárcenas, sino también afeando a los socialistas que en Andalucía se evitase una comisión sobre los ERE fraudulentos supone un desdoro para una institución que debería tener como máximos responsables a políticos que sepan guardar la neutralidad de la sede parlamentaria y no convertirse en arietes en contra de la oposición. Pero nada, prácticamente no conozco a un presidente de la Cámara Baja que no haya actuado como un mamporrero de partido para sacudir al PP o al PSOE, según el color del partido gobernante en el momento.

El problema que se da con Villalobos es que encima ya lleva de serie su mal carácter, unas formas groseras y un gracejo andaluz que, encima, no es nada simpático, sino más bien que raya en la zafiedad. Al bueno de Jesús Posada (aunque también actúa como árbitros en contra del PSOE y del resto de la oposición) le ha caído una buena cada vez que tiene que dejar su tribuna en favor de la diputada malacitana. Sabe que es dejarla sola media sesión o un par de horas y el lío está prácticamente garantizado.

Además, con lo fácil que lo tiene el PP para poner a cualquiera de sus 186 diputados a responder a las acusaciones de rodillo y censura por lo de Bárcenas. Sí, de acuerdo que no podemos permitir que nuestros dirigentes tapen los casos de corrupción, que hay que meterle caña al asunto y depurar responsabilidades, incluso antes de que la propia prensa se enterase de esas mangancias, pero es que luego, cuando se trata de acusar, todos vemos la paja en ojo ajeno y no la viga en el propio. El PP tiene todo el derecho del mundo a acusar a los socialistas de poner obstáculos para que se investigue lo de los ERE, pero lo mismo pasa al revés y la bancada del PSOE tiene todos los pronunciamientos para reclamar luz y taquígrafos sobre el ex tesorero del PP.
Pero lo que nunca debe suceder es que quien tiene la obligación de velar por el normal desarrollo del debate parlamentario se ponga de árbitro con la camiseta del PP o del PSOE y pite los penaltis o los fuera de juego en función de quien esté atacando. No sólo no es escasamente democrático, sino que además queda poco elegante.

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