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Se cayó Whatsapp, ¿y qué?

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Que estamos inmersos en plena era de la comunicación instantánea resulta indudable. Vamos, que es de Perogrullo sentenciarlo, pero lo cierto es que ya nos parece imposible vivir sin el enganche de la mensajería automática. El pasado sábado se cayó por unas horas la red más popular, Whatsapp, y por un tiempo aquello parecía como si el mundo se fuera acabar. La gente estaba desesperada ante la falta de respuesta de este sistema y los competidores, Line y Telegram, ganaron en cuestión de unos minutos un número importante de usuarios para poder seguir en contacto.

Reconozco que en el momento en que se produjo la avería en whatsaap ni siquiera tenía el móvil encima. De hecho, conversaba tranquilamente con mi novia cuando una amiga de ella entraba desesperada en el salón porque ese sistema de mensajería no funcionaba. ¡¡¡Ohhhh, drama!!! Vamos, estuve a un tris de dejar de ver la serie que en ese momento echaban por televisión, enfundarme en una pancarta y salir a protestar a la Puerta del Sol (si es que Ana Botella me daba el preceptivo permiso) para quejarme de esa faena que nos acababa de hacer la red social del fondo verde y telefonito blanco.

Como siempre, las más variadas versiones comenzaron a circular por la red, que si ya Facebook lo va a poner de pago, que si era por no haber hecho caso a los mensajes en cadena que pedían reenvío….pero si hasta en las noticias de las principales cadenas ha sido noticia. En fin, llámenme manipulador, oportunista o lo que a ustedes les venga en gana, pero con los hechos más relevantes que hay a nuestro alrededor y que no merecen siquiera una mención y que se le presten minutos a esta información….

Los psicólogos van a tener razón en el sentido de que nuestro enganche a las redes sociales pasa ya de castaño oscuro. No sabemos separarnos del aparatito ni siquiera cuando hacemos algo tan fundamental como comer o ver una película. Personalmente, me pone de los nervios estar almorzando en un restaurante o disfrutar de la gran pantalla y que la persona más cercana a tu mesa no pare de teclear o que durante la proyección a alguien le suene el móvil y encima tenga el morramen de no pararlo o encima se ponga a conversar con su interlocutor como si estuviese en el salón de su casa. Por mí, sinceramente, que se caigan los sistemas de mensajería con más frecuencia. Tal vez consigamos entonces recuperar el placer de hablar cara a cara mirando a los ojos a nuestros amigos, nuestra pareja o quien sea.

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