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Eíbar es de Primera

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La rebelión impera en el segundo escalón de la clase profesional del fútbol español. El piso inmediatamente inferior a la élite nacional vive tiempos convulsos ante la irrupción de un equipo modesto a más no poder, honrado a carta cabal y que ha puesto patas arriba la lógica del balompié imperante en una categoría, la Segunda División, en la que los clubes más nobles, pero venidos a menos, observan como un no invitado al gran banquete amenaza con sentar sus reales y plantarse en Primera División por la vía del ascenso directo.

Sí, así es el Eibar, una entidad deportiva que durante muchos años atrás fue una de las más históricas de la categoría de plata y que en 2005, por ejemplo, estuvo a un tris de haber ascendido a la llamada pomposamente Liga de las Estrellas. Sólo una acción de un jugador como David Silva, que cambió el aprovecharse de la caída de un rival del Lleida por echar fuera el balón, privó a los eibarreses de ese sueño dorado y a Mendilíbar, afamado técnico que empezó a despuntar en la UD Lanzarote, dejándole esa cara que se le debe poner a uno cuando ya ambicionaba con ese reto de plantarse en la élite.

Aún colea aquella frase mítica que soltó cuando le preguntaron por su opinión de nombrar el Eíbar como un equipo que se había hecho acreedor al juego limpio y deportivo: “Estará bien, pero al club le ha supuesto perder un ascenso, así que fíjese lo que nos reporta eso a efectos prácticos”. Es verdad que el barón de Coubertain dijo aquello de que lo importante es participar, pero como bien añadiría el periodista deportivo José María García, “si ganas, ya entonces es la leche”. Razón no le falta.

Pues bien, casi una década después, con un Eíbar que se vio abocado a ser un equipo ascensos entre la Segunda A y la Segunda B, en junio de 2013 obtuvo el premio de ascender a la llamada Liga Adelante y una vez más, como ya venía siendo costumbre, con el presupuesto más bajo. Pues aun así, a los guipuzcoanos no les ha impedido ponerse en la cabeza de la Liga y ya pasados los dos tercios de competición están dominando la tabla por delante de favoritos como el Real Mallorca, Real Zaragoza o Deportivo de La Coruña (los tres descendidos de Primera y que partían con todos los pronunciamientos para retornar a la clase superior), pero también imponíéndose a otros outsiders como el Sporting de Gijón o Recreativo de Huelva o por no hablar de verdaderos históricos venidos a menos como Murcia, Hércules, UD Las Palmas, CD Tenerife o Córdoba. Todos, hasta el momento, han mordido el polvo.

La pregunta ahora es doble, ¿aguantará el Eíbar la presión de verse ahí a falta de una docena de partidos? Es posible, máxime porque su objetivo inicial y casi único era una permanencia cómoda. ¿Será respetado por las decisiones arbitrales? De esto ya me cabe dudas mayores. No vamos a llamarnos a engaño que Riazor, La Romareda, Son Moix o El Molinón son estadios y ciudades con más peso, tradición y sobre todo aforo. Viendo lo que sucede en los tramos finales de las competiciones, cuando una caída al borde del área puede tener distintas interpretaciones, no me sorprendería que a los armeros les comiencen, perdón por el chascarrillo, a armarles el lío.

Pero por justicia divina, creo yo, la vida le debe un ascenso a Primera a los eibarreses, al igual que al Deportivo le dio la oportunidad de ganar años después aquella liga que en 1994 frustró un cobarde Bebeto y un tembloroso Djukic y exactamente igual que la Copa de Europa aún le debe una bien grande a mi Atleti después de aquella final de Bruselas y el zarpazo de aquel alemán con nombre de champú y cosmética que dejó a los rojiblancos compuestos y sin orejona que festejar. Por esto y por mucho más, el Eibar se merece la Primera.

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