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Dos canonizaciones merecidas

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Roma ha sido este pasado fin de semana (26-27 de abril de 2014) el epicentro del evento más importante que ha vivido la Iglesia católica en las últimas décadas con la canonización conjunta de dos Papas, Juan XXIII y Juan Pablo II. Más de un millón de personas se han desplazado desde diferentes puntos del planeta para asistir a un evento que no tenía precedentes y que vuelve a poner de manifiesto que el actual papa, Francisco I, ha conseguido una verdadera revolución, hacer ver que hay una institución vaticana que se abre a los demás y que sigue dando pasos hacia la luz y la claridad que debería haber tenido desde siempre.

En poco más de un año en la cúspide del Vaticano, el papa argentino ha conseguido hacer de la Iglesia un lugar más cálido, menos alejado de esa sociedad a la que dice servir, pero de la que desgraciadamente se había ido alejando en determinados eslabones. Aquí, en España, hemos tenido a un personaje como Rouco Varela al que le sobraron sus últimos años de mandato y encima, hasta el final, tirando auténticos dardos dialécticos contra todo aquel que se moviera.

Es verdad que Juan XXIII para quien suscribe le queda demasiado alejado en el tiempo y sólo tengo vagas referencias de su papado, pero en cambio sí conocí la trayectoria del papa polaco, de Juan Pablo II y no sólo se convirtió en el papa mediático por excelencia, sino que consiguió que la fe católica se extendiera por los cinco continentes. El llamado Papa viajero constituía toda una especie de revolución allá por donde iba. En España, por ejemplo, en su última visita, en 2003, logró casi dos millones de personas en Colón y alrededores, aunque ya estaba demasiado avejentado para tanto trajín. De hecho, apenas pasó un año y el corazón de este Papa dejó de latir.

Con este gesto del papa Francisco I, con la canonización de ambos pontífices, se ha querido cerrar una deuda que estaba sin saldar y que convierten su mandato en el Vaticano en uno de los más activos. Esperemos que Dios le guarde por muchos años porque no creo, sinceramente, que esa rancia Iglesia que aún queda en los núcleos de influencia vea con tan buenos ojos el trabajo de su actual jefe de negociado.

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