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La Pechotes, un bluff en toda regla

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España es el país donde cualquier pintamonas, el primer don nadie que salga a la palestra, puede adquirir la fama en menos que canta un gallo. Aquí se han hecho famosillas pedorras de tres al cuarto que dicen que se han acostado con una celebridad, que han salido de la casa de Gran Hermano o que son amigas de ese farsante de nuevo cuño llamado ‘Pequeño Nicolás’.

Pues bien, en relación a este último personajillo, ya hay una tipeja, una descocada con menos neuronas que Belén Estaban, una tal Isabel Mateos que responde al sobrenombre de La Pechotes (ya imaginarán ustedes por qué) a la que le han pagado una pasta por ir por los platós de televisión para, supuestamente, defender a su amigo y, de paso, asegurarse una pasta teniendo hueco en un programa.

Mediaset, que ha sido la que ha visto un filón en este pack del Pequeño Nicolás y La Pechotes, ha querido comprar la presencia de la amiga del Nicolasete, pero la tipa en cuestión no es más que esos dos pechos que lleva por bandera y el colágeno en sus labios. La jovenzuela no da para más. Es una torpe de mucho cuidado, una individua zote como ella sola, incapaz de hilvanar dos frases seguidas sin titubear veinte veces. Y menos mal que se suponía que la gachí era relaciones públicas (ya me imagino que su trabajo consistía en ser busto quieto y abrir la boca sólo en determinada ocasiones, cuando así lo demandase el guión).

Lo cierto es que la ficharon como colaboradora de lujo de ‘Todo va bien’ (Cuatro) y a día de hoy el que tiene que estar partiéndose la caja es El Pequeño Nicolás por el gol que les ha metido a los de la cadena de Fuencarral. Sólo apareció un día en pantalla y visto que daba menos juego que un portero de futbolín, han optado por arrinconarla, a ver si nadie se acuerda de su presencia o se la encasquetan a otro programa donde tengan falta de decorado. Eso sí, seguro que La Pechotes ya tendrá firmado su cuantioso y sustancioso cheque. Y es que en este país se paga eso, la chorrada momentánea o el cuerpo escultural, aunque luego se reconozca, por omisión, que la metedura de pata ha sido de las de órdago a la grande.

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