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El Papa Francisco da en el clavo con la paternidad responsable

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Tiene mucha, pero que mucha razón el Papa Francisco cuando ha dicho sin aditivos, añadidos o colorantes que no es necesario ser un conejo para ser un buen católico, que tener muchos hijos no es sinónimo de cumplir con el divino precepto de creced y multiplicaos. El Santo Padre aboga por una paternidad responsable, concienzuda, que no se trata de traer niños al mundo como si fuera fabricar churros. Desde luego, un mensaje que algunos querrán entender de una manera y otros de otra. Unos porque entenderán que el Papa está se está pasando cuatro pueblos al entender que la Iglesia despenaliza el uso del condón y otros porque creerán que Su Santidad no es quien para meterse en cómo vivir la sexualidad de las parejas. Ya se sabe, lecturas para todos los gustos, formas y colores.

Sinceramente, estoy plenamente en la línea de lo manifestado por el vigía de la Iglesia de Cristo en la Tierra. Francisco I está siendo una figura vital para una institución que se había quedado anquilosada en el medievo y el Papa argentino está poniendo a marchas forzadas el reloj en hora, en el siglo XXI, haciendo que el negociado de hasta ahora cuatro prelados empiece a ser, verdaderamente, la Iglesia de todos los cristianos, de todos los católicos y de todos los hombres de buena fe, una Iglesia en la que poder creer ciegamente, y no ese antro en el que abundaban usureros peor que los del Renacimiento o pederastas a mansalva que hacía que la Iglesia caminara hacia las tinieblas en vez de hacia la verdad de la luz y la claridad.

Esperemos, porque es verdad que Francisco I ya tiene unos años y no sabemos cuánto puede durar y si la fortaleza le llegará para completar su obra, que esta etapa no sea más que el inicio de una fructífera época para la institución eclesiástica, que todos podamos sentirnos orgullosos de esta Iglesia, abierta al progreso, entendiendo las nuevas tendencias y respetando la identidad de cada uno de los sujetos que conforma su comunidad y, especialmente, favoreciendo la igualdad entre sexos y permitiendo lo que es natural y lógico, las relaciones entre sus miembros. Ese es el gran ‘muro de Berlín’ que aún le queda por derribar a El Vaticano para acabar con cualquier resquicio de peligrosos personajes que bajo su sotana emergen como fieras depredadoras.

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