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Venezuela: donde la vida vale menos que un litro de leche

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Resulta altamente delicioso cuando los prochavistas (ahora digo yo que habrá que actualizarse y llamarlos promaduristas) te saturan las redes sociales o el correo electrónico con insultos de distinta índole cuando se les acusa de tener su país, Venezuela, como un erial.

Vayan ustedes a los supermercados y se encontrarán con la desagradable sorpresa de que, aparte de que no hay comida o utensilios básicos como el papel higiénico, hay una especie de sicario policial controlando qué se lleva cada cliente, dado que tienen que enseñar una especie de identificación donde queda registrado qué día, a qué hora y qué se llevó en su última compra. De hecho, pueden pasar hasta ocho días para poder acceder a la compra de un litro de leche, que ya me dirán ustedes cómo una sola persona puede aguantar más de una semana con un solo litro de leche, salvo que se tome los cafés en dedales.

Les guste o no a los partidarios del régimen dictatorial que ahora mismo se vive en Venezuela, lo cierto es que los habitantes de esta nación, riquísima en recursos naturales y paupérrima en políticos democráticos, están sufriendo desde hace lustros a unos gobernantes que cumplen a la perfección aquello de ‘otro vendrá que bueno me hará’. Vamos, que Carlos Andrés Pérez, con todos sus turbios negocios, era un benefactor para el pueblo venezolano en comparación con el Maduro de turno o el Chávez que en paz no descansa.

Desgraciadamente, esto ya se veía venir desde años atrás y quien suscribe este texto estuvo en enero de 2004 en un viaje institucional con el entonces diputado nacional de Coalición Canaria y hoy presidente del Gobierno de Canarias, Paulino Rivero, y por aquel entonces ya no te dejaban salir del hotel sin la protección del guardaespaldas de la delegación por miedo a que te atracasen. Y es que por aquel entonces ya era normal que te sacasen de un coche a punta de pistola o te robasen el calzado deportivo. Hoy, tal y como están los tiempos, ya es más valioso un kilo de pollo o harina para hacer pan que birlarte un coche. Y entregas la comida por las buenas o eres víctima segura para acabar acribillado a puros balazos.

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