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Café Suizo de Santander: atención de república bananera

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Tengo a bien no darle publicidad a lugares en el que el trato dispensado al cliente suele ser pésimo. Pero en esta ocasión haré una excepción porque encima se trata de una de las cafeterías más señeras de Santander, el Café Suizo, sito en pleno Paseo de Pereda, en el número 28, y frente a Puerto Chico, en una vista realmente incomparable y digna de ser contemplada.

Pues bien, en plena Semana Santa, el 2 de abril de 2015, optamos, después de un largo paseo desde los Jardines de Piquio hasta esta zona, hacer una pausa para disfrutar de un merecido descanso y, de paso, deleitarnos con un café, un chocolate y un croissant artesanal. La cafetería estaba de bote en bote, pero siempre existe esa suerte de que en el momento en el que entras alguien deja la mesa y allí que la cogimos sobre la marcha. Piensas que la suerte te sonríe y que todo va a ir sobre ruedas. Pero las cosas buenas tienden a durar muy poco.

Al rato nos atiende un camarero con malas pulgas y nos dice que somos los cuartos para ser atendidos. Entendemos que hay más clientes y lo aceptas, pero no tanto el ‘tonito’. A los diez minutos llega otro camarero y nos toma nota de lo que queremos. A los cinco minutos vuelve a subir y nos dice que no hay croissants y nos ofrece como alternativa un suizo. Le decimos que perfecto y no pasan ni dos minutos cuando regresa a nuestra mesa y nos dice que tampoco hay suizos. Le acabamos pidiendo unas tostadas y justo en ese momento entra en escena el camarero primero, el que nos dijo que éramos los cuartos en ser atendidos, y le montó una escena por el hecho de haber ejecutado el trabajo que él no había realizado o se había despistado por completo de atender nuestra mesa.

Eso sí, el camarero de la malas pulgas sí tenía buenos gestos para con los clientes habituales, todo era desvivirse por ellos y a los que teníamos cara de turistas, que nos fuesen dando por donde amargan los pepinos. Por supuesto, ni que decir tiene que cuando vio el dinero en el plato de la cuenta, no tardó ni una nanomilésima de segundo en venir a por la misma (a lo mejor se pensó que le íbamos a dejar propina). Una pena que una cafetería entrañable y con mucha historia tenga a gente tan torpe, necia e incompetente sirviendo a la clientela. Así, a la larga, sólo se logra una cosa, que el público se vaya y el local acabe por cerrar sus puertas. Vamos, que de suizo sólo tiene el nombre. Su atención al cliente es de Ruanda Burundi o de cualquier república bananera.

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