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El peor servicio de Sharapova: tira su prestigio por el retrete

Se dice que el desconocimiento de la ley no te exonera de su cumplimiento y, por tanto, de pagar las consecuencias que tiene el haber violado la norma. Eso mismo es lo que le ha sucedido a la tenista María Sharapova que ha sido pillada en un renuncio tomando un medicamento que se había incluido desde el 1 de enero de 2016 en la lista de productos prohibidos por provocar un rendimiento fuera de los límites legales.

Le honra a la tenista haber salido a rueda de prensa nada más conocer la sanción para asegurar que el fallo es única y exclusivamente de ella, que es cierto que había recibido un correo electrónico por parte de la Federación Internacional de Tenis con un link en el que se incluía una relación actualizada de los productos prohibidos expresamente, pero que por unos motivos u otros se le olvidó consultarlo y siguió tomando un producto que siempre había consumido, el mildonium, un medicamento que mejora ostensiblemente el rendimiento muscular.

Sin embargo, independientemente de la confesión y de no querer implicar a nadie más en un error que debería tener también como partes culpables a su entrenador o a su responsable médico, la tenista rusa deberá tener una sanción ejemplar porque, como decía al principio, el desconocimiento de la norma no implica que ésta no se cumpla.

Hay que pencar con la metedura de pata y alguien que, entre torneos y demás publicidad, se embolsa anualmente en torno a los 30 millones de euros debería tener un poquito más de cabeza para, cuando menos, estar al tanto de cosas que afectan directamente a su profesión. Y ésta, en concreto, le concernía con muchísimo motivo. Si el resto de tenistas ven que con Sharapova no se hace la menor excepción, todos, absolutamente todos, van a pensárselo fríamente a la hora de trata de hacer trampas, ya sea consciente o inconscientemente. Y, qué duda cabe, al menos nos aseguraremos que quienes triunfan en la cancha lo hacen por sus méritos deportivos y no con la ayuda de productos ilegales. Contra los tramposos, tolerancia cero.

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