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Marta del Castillo: ocho años de tomadura de pelo

Ocho años de tomadura de pelo sin que nada les haya pasado a los Carcaño, Cuco, la novia, la madre y toda la pandilla de sinvergüenzas y facinerosos que tienen que ver con la desaparición y muerte de Marta del Castillo. Lo único que ha sucedido en todo este tiempo, desde enero de 2009, fecha en la que ya se perdió el contacto con la joven, es que este clan de desvergonzados han hecho más o menos fortuna contando en las televisiones el suceso como quien relata un partido de fútbol.

Carcaño, el único encarcelado, se chotea de jueces y policías inventándose cada vez una ubicación distinta sobre el lugar en el que mató y enterró a Marta del Castillo. Y lo hace a sabiendas de que tenemos un sistema penal garantista, donde puede burlarse de todo Cristo sin que tenga consecuencias para él. Se sabe perfectamente intocable y juega con eso, con el hecho de que ningún agente le puede moler a palos ante su mofa permanente mientras los operarios pierden tiempo en delicadas excavaciones, en remover el río Guadalquivir o en buscar en un vertedero.

Y desgraciadamente, poco o nada se puede hacer, sólo confiar en que un golpe en la cabeza o un repentino remordimiento de conciencia le haga confesar de una vez por todas dónde escondió el cuerpo de Marta del Castillo. Está claro que él y todos los de su grupo no van a decirlo, pero al menos les rogaría que se pusieran, aunque fuera solo un momento, en la piel de esos padres que sufren esa espera, que están viviendo desde hace casi 3.000 días la ausencia de noticias sobre el paradero de su pequeña.

Hay que ser ruin, deleznable, mezquino y tener el alma de una alimaña para permanecer callado a sabiendas de que así alargas el sufrimiento de una familia que sólo quiere descansar en paz. A veces, sólo a veces, uno desearía que individuos como estos tuvieran la justicia que se aplica en determinados estados de Norteamérica. Seguro que entonces no se reían, con perdón, ni de su puta madre (con todo el respeto a una señora que no ha tenido culpa de parir a semejante engendro).

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