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Cuando el alcohol no es un juego de niños

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Dentro de unos días tendrá lugar en el Puerto de la Cruz, concretamente en Los Lagos de Martiánez, un evento musical patrocinado por una conocida marca de cerveza canaria, Dorada. El evento, promocionado como gratuito, sólo es para mayores de 18 años y se incide en el hecho de un consumo responsable del alcohol, una de las mayores lacras que afecta a nuestra sociedad, pero además con la preocupación de que cada vez son más los jóvenes que comienzan a iniciarse a edad más temprana en el consumo de cualquier sustancia etílica.

Sin embargo, la buena iniciativa de Dorada no deja de ser un mero grano de arena en el desierto, un pequeño oasis que se pierde en la inmensidad porque, simplemente, en la isla de Tenerife, donde cuando no es fiesta en un municipio lo es en otro y si no siempre nos quedará Los Realejos, el pueblo con más fiestas de toda España y en todos esos eventos el control contra el consumo de alcohol por aquellos que tienen menos de 18 años es poco menos que o ineficiente o inexistente.

En estos días, por ejemplo, se han celebrado las fiestas del núcleo lagunero de Tejina, un evento con mucha raigambre y al que acuden en masa miles de personas, entre ellas demasiados jóvenes a los que, evidentemente, no se les está pidiendo el carnet para ver si tienen 18 o menos años. Con los ventorrillos de bote en bote, no hay lugar para estar con formalidades y, en caso de que alguien se pusiera en su sitio y se negara a vender el alcohol, ya vendría el amigo de 18 años al que no se podrán negar su venta, aunque luego se sepa que los destinatarios de esas consumiciones son para críos que aún tienen su cara repleta de acné.

También está la otra vía de escape, los supermercados, y si no que se lo digan al Mercadona o al Hiperdino de Tejina, donde las partidas de Coca Cola. Pepsi, Sprite, Fanta o Seven Up estaban casi a la par que todas las marcas más o menos conocidas de whisky, ginebra, ron o vodka. La táctica seguida por los pibes era bien sencilla, en caja se ponían los mayores de edad, pero luego, ya en la calle, en la plaza de El Ramal o en la de la Iglesia, quienes empinaban el codo eran los más pequeños. ¿Había policía? Sí, pero insuficiente para controlar esas bacanales etílicas que, con un poco de cabeza, se podrían controlar poniendo vigilancia en los recintos. Pero claro, aquí importa más el negocio que la salud de nuestras nuevas generaciones.

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