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Miguel Carcaño: Eternamente desalmado

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La familia de Marta del Castillo merece un homenaje ante la templanza que está teniendo frente a unos desalmados, encabezados por Miguel Carcaño, un elemento que es capaz de contradecirse a sí mismo 9 veces en un minuto. Después de hacer gastar tiempo, dinero y esfuerzos a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado revolviéndose entre mierda (con perdón) en un vertedero o buscando entre el lodo del río Guadalquivir el cuerpo de la joven, ahora llega y dice que quien la mató fue su hermano tras golpearla repetidamente con un arma de fuego y arrojar luego su cadáver en una zona conocida como La Rinconada.

Han pasado cuatro años de este horrendo y macabro suceso y no parece que nadie esté dispuesto a cantar la versión verdadera. Dos mocosos (que hace tiempo dejaron de serlo ya) se están riendo de la Justicia y de los padres de esta niña. Sé que nuestro sistema judicial es garantista y que todo el mundo (hasta el criminal más repugnante y repulsivo) tiene derecho a una legítima defensa y a un juicio justo, pero cuando se llegan a estas cotas en las que se ve como dos desalmados se burlan día sí y día también de todo y de todos, pues quedan pocas ganas, de verdad, de que se actúe contra ellos por los cauces de la legalidad.

Me cuesta horrores creer la penúltima versión (acabará dando otra, seguro) de Miguel Carcaño. Desgraciadamente, al no haber otros elementos de juicio y ante la imperiosa necesidad de poder darle cristiana sepultura a los restos de Marta del Castillo, no queda otra que acometer ahora una detallada búsqueda de lo que pueda quedar del cuerpo de esta joven en esa finca, lugar en el que, precisamente, estuvo un tiempo empleado el supuesto autor de la muerte de la joven.

Lo peor de toda esta historia es que cada vez que a Carcaño se le ocurre cambiar la versión de los hechos es como si la familia tuviera que volver a revivir la crudeza de estos hechos, como si te matasen a tu hija una y otra vez. Y encima, esto ya es de juzgado de guardia, dentro de diez años este sujeto seguramente disfrute de beneficios penitenciarios y vaya por la vida con la cabeza bien alta. Más de uno pensará y convendrá conmigo que alguien debería quitarle esa sonrisa cínica y mirada altiva y la mejor manera sería añadir excepciones a la ley penal para que individuos de esta calaña se pudriesen eternamente entre barrotes. Así, de paso, nos evitaremos que alguien desee tomarse la justicia por su mano.

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