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El futuro laboral del sur de Tenerife: 70% de jóvenes sin formación

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El desempleo en Canarias es sumamente preocupante. Los 300.000 parados que hay a nuestro alrededor es una cifra lo suficientemente elevada como para haberse tomado en serio este problema y haberlo abordado de manera correcta, no con planes grandilocuentes que sobre el papel quedan genial, pero que a la hora de la verdad no tenían efecto alguno a la hora de que la cantidad bajase. Desde junio de 2007, cuando el señor Paulino Rivero tomó posesión por primera vez como presidente del Gobierno de Canarias, el paro en las Islas pasó de 135.000 a estar en valores que superan de largo el doble, un verdadero dislate que nuestros gobernantes siempre han justificado con el mantra de que “la culpa la tienen los que vienen de fuera”.

Sin embargo, más allá de los grandes números, aunque 300.000 ciudadanos sin curro es una barbaridad en una región de dos millones de habitantes, lo que más me ha llamado la atención en las últimas fechas es el dato de que un 70% de los jóvenes del sur de Tenerife no tienen formación académica alguna o al menos que esté acreditado que hayan terminado algún módulo que les permita acceder con ciertas garantías al mercado laboral.

Es verdad que si nos remontamos a diez años atrás, la bicoca para muchos chicos de 15, 16 años y en adelante era meterse a currar en lo que fuera, sobre todo en el sector servicios y en la construcción. Hubo un momento en que se pensó que aquí a los perros los ataban con longanizas, sueldos astronómicos que superaban con creces lo que podía ganar un ejecutivo mediano de una entidad crediticia, un dinero a manos llenas que hacía a estos adolescentes dejar de lado toda formación para patearse los paseos, las playas y demás calles ofreciendo los servicios de tal o cual restaurante, ejerciendo de relaciones públicas o también quienes tenían cierta destreza manual, a meterse en el complejo mundo de la ferralla, la encofradota y demás tinglados para sacarse, insisto, salarios que superaban de largo los 2.500 euros.

Pero claro, el pinchazo de la burbuja inmobiliaria acabó con todo esto, muchas empresas de la construcción acabaron por reducir personal ante la imposibilidad de colocar las promociones que acababan de rematar y otras constructoras que, directamente, optaron por dejar todo patas arriba y dejar a los empleados compuestos y sin nóminas. Como efecto dominó, esto ha ido afectando también a quienes se ganaban la vida como promocionadotes de los locales. Sin clientes que llenen las mesas hay que meterle tijera a lo que no produce y esos chavales ya dejaban de ser útiles (salvo que quisieran currar por la décima parte de lo que lo hacían antaño e incrementando las horas de estancia en la calle gastando suela y curtiéndose la piel a las tres de la tarde bajo el sol castigador de Los Cristianos y de Playa de Las Américas).

Ahora, con una comarca sur de la isla de Tenerife sumida en una crisis tremenda, donde los jóvenes no perciben una salida a su situación, resulta terrorífico ver que un 70% de esa juventud, dicho sea con todo el respeto, no sabe hacer la O con un canuto. Por supuesto, habrá que repartir culpabilidades, empezando por unos empresarios que buscaban una mano de obra que se ilusionase con la golosina de un dinero que para ellos era una meta golosina, pero para los chicos una fortuna que les permitía un gran tren de vida; luego también los propios adolescentes por dejarse tentar por esos ‘flautistas de Hamelin’ y, evidentemente, los solícitos padres que permitieron que sus vástagos apartasen los libros por el pico, la pala, el hormigón, los flyers o los zapatos de plataforma para animar las tórridas noches sureñas.

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