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Leguineche, un maestro que nos deja

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El periodismo vuelve a estar de luto. Uno de los más grandes, Manu Leguineche, nos ha dicho adiós a los 72 años después de soportar una enfermedad que, lamentablemente, le tenía apartado de la primera línea de la profesión desde hace tiempo. Sus crónicas sobre las guerras que han proliferado a lo largo y ancho de nuestro planeta tenían ese aroma del reporterismo de verdad, de aquellos auténticos profesionales en sacar un relato de debajo de las piedras, luchadores no sólo en ponerse delante de la máquina de escribir o de saber reflejar en una llamada el espíritu de lo que estaban viviendo, sin también expertos en poder salvar todos los obstáculos para poder enviar esos trabajos, a veces por carencia de medios y en otras ocasiones por ese estricto control que se hace de los medios de comunicación para evitar que llegue a oídos de la población otra versión que no sea la oficial.

Leer las crónicas de Leguineche es poco menos que un tratado de periodismo, algo obligatorio para cualquier periodista que se precie o que aspire a serlo. Sus textos reflejaban tensión, vibración, una sensación de que el lector podía estar ahí mismo entre trincheras, protegiéndose de una ráfaga de disparos o del estallido de las bombas. Estos periodistas se jugaban literalmente la vida, expuestos no sólo a poder acabar acribillados, sino también a ser víctimas de un secuestro. Aún así, ninguno jamás renunció a los placeres de una vida acomodada en una redacción, sino que su espíritu les pedía estar fuera, pese a saber que una bala perdida podría truncarles la vida.

En la época de este gran reporterismo de guerra, a ninguno de estos periodistas como Manu Leguineche se les hubiese pasado por la cabeza, ni siquiera por una décima de segundo, culpabilizar al Gobierno de España de que alguno de sus compañeros hubiese perdido la vida. Y digo esto porque aún hay quien se empeña en culpabilizar a nuestro Ejecutivo, especialmente a Aznar, de la muerte del cámara José Couso.

El que va a una guerra sabe a lo que se expone, pero lo fácil, lo sencillo es echarle la culpa al pode político, como si las guerras de hace 40 o 50 años hubiese surgido por generación espontánea. Pues tanto las de antaño como las actuales están instigadas por los mismos actores, poderes políticos empeñados en deshumanizar nuestro planeta. Lástima que los siguientes conflictos armados ya no los cuente Manu Leguineche…o igual sí, pero ya será desde el cielo, donde seguirá haciendo las mismas crónicas celestiales que hacía cuando estaba entre nosotros.

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