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Madurando la violencia en calles de Caracas

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Venezuela, una vez más, vuelve a estar en el ojo del huracán en cuanto a las patadas continuas que se le dan a las más elementales normas de la democracia. Muerto el ‘gorila rojo’, Hugo Chávez, su más fiel seguidor demuestra estar más que ‘Maduro’ para arremeter con más brutalidad si cabe contra aquellos que osan a poner en tela de juicio al régimen bolivariano. Es más, hay voces autorizadas que tildan a Nicolás Maduro como un Chávez más cruel, como si realmente necesitase de esa constante demostración de fuerza, como si no tuviese clara su afirmación en el poder. En cierto modo es comprensible, ganó como ganó a Henrique Capriles (imitador externo de símbolos del chavismo) y no debe tenerlas todas consigo.

El presidente venezolano ha reprimido con la mayor dureza posible una manifestación de jóvenes estudiantes contrarios al régimen, una marcha completamente pacífica, pero que ha sido sofocada a cañonazos, deparando tres fallecidos, varios heridos y centenares de detenidos. Las redes sociales, ahí donde ya le gustaría poder mangonear al chavismo más radical para secuestrar las informaciones menos favorables, detallaban con pelos y señales lo que estaba sucediendo en la capital, Caracas. Lo que ahí se relataba no era, precisamente, a unos policías repartiendo caramelos, sino a unos sicarios al servicio del Palacio de Miraflores, pertrechados con cascos, porras y armamento.

Desde dentro, si no fuese, insisto, por las redes sociales, la información que se le ha dado al pueblo venezolano ha sido manipulada hasta proporciones inusitadas, dando a entender que unos zarrapastrosos estudiantes cargaron contra los policías y estos tuvieron que defenderse aún a riesgo de ensangrentar sus débiles porras o intoxicarse con la pólvora restante de las balas disparadas. Si Goebbels volviera a nacer, lo haría en la Venezuela del chavismo.

Desgraciadamente, desde hace muchos años la situación en este país caribeño está descontrolada, no hay quien le meta mano, el cáncer de la tiranía ha causado ya una metástasis en el Palacio de Miraflores y las posibilidades de recuperar algún día la vida democrática son tan mínimas que nadie apuesta por una Venezuela en paz y en concordia.

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