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Jaque a la Reina: con la Corinna a otra parte

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Salvo que el fuerte calor de estos primeros días de septiembre le haya inflamado las meninges a expertos en Casa Real, todo parece encaminado al divorcio de Juan Carlos I y Sofía, los ‘reyes padres’ y dejaría ver por fin cuál era el verdadero motivo en la precipitación regia por abdicar, mandar a paseo el trono y de paso a su señora esposa, todo para ponerse la Corinna por montera. Ni achaques ni leches. El monarca iba a lo que iba y ahora, alejado en cierta medida de los focos, no parece tener sonrojo alguno en mostrar su faceta más insustancial y casquivana.

Evidentemente, Don Juan Carlos puede hacer lo que buenamente se le antoje, irse a poner morado en compañía de damas de dudosa catadura moral, irse a pegar unos tiros, cerrar negocios poco éticos a países donde la vida humana vale menos que el bicho más rastrero del desierto, etcétera, etcétera, pero desde luego lo que no será permisible ni asumible es que el Rey (no sé por qué ha de conservar título y apelativo, aunque sea de manera oficiosa) siga yéndose a todos estos sitios de gorra o, mejor dicho, a costa del dinero de los contribuyentes, aunque eso me parece a mí que muy rojo no le pone.

Recordemos que fue gracias a aquel accidente en plena cacería por Botsuana por el que pudimos enterarnos que Su Majestad estaba fuera de España, además en un momento bastante delicado para nuestra economía. En Europa nos miraban con lupa, con microscopio y con todo lo que fuera menester y el Rey, que se suponía que debía estar aquí para ofrecer cierta imagen de estabilidad, resulta que estaba a miles de kilómetros en pleno safari y cazando todo lo que se pusiera por delante.

Si el divorcio se produce, desde luego podremos afirmar que hemos estado ante el monarca más hipócrita que ha conocido nuestra historia, un individuo capaz de defender los valores más moralizantes delante de las cámaras y hacer justo todo lo contrario cuando nadie miraba. Por eso, cuando alguien quiso manejarle la agenda internacional como fue el presidente Aznar, el odio africano hacia el amigo de Bush fue más que elocuente, de ahí que haya existido tradicionalmente tan buen rollo con los presidentes socialistas Felipe González y Rodríguez Zapatero. Ambos permitían hacer y deshacer al monarca a su antojo. Y aún así, cuando se muera, asistiremos al coro de la babosería hablando del prestigio internacional de Don Juan Carlos. Ja, ja y ja.

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