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CC degolla el paulinato, pero no las siete estrellas verdes

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Estamos que lo tiramos. La semana en que conocimos que la señora alcaldesa de Madrid, Ana Botella, renunciaba a presentarse a las elecciones de 2015, entre otras razones porque decidió seguir la doctrina Mayor Oreja, pirarte cinco minutos antes de que alguien decida que no tienes cabida en el próximo proyecto que el PP diseñe para intentar revalidar en las urnas el poder de estos últimos 24 años; llega ahora el presidente de Canarias, el nacionalista Paulino Rivero, y también presenta su renuncia a ser el cabeza de lista de Coalición Canaria para los comicios de mayo del año que viene.

Eso sí, en el caso del político de El Sauzal, el gesto de echarse al costado no responde a otra cosa que el propio rechazo en el seno de los notables de la calle Galcerán, en Santa Cruz de Tenerife, a su gestión, amén del temor existente, encuestas en la mano, de que CC pueda llevarse un tremendo varapalo en la siguiente cita con las urnas, máxime teniendo en cuenta que Paulino Rivero no ganó ninguno de los dos procesos electorales a los que se ha presentado. En el año 2007 perdió por 26-19 ante Juan Fernando López Aguilar (PSOE) y precisó del apoyo de los 15 escaños del PP de José Manuel Soria. Y en 2011, pese al empate a una veintena de diputados con los peperos, la diferencia en votos fue más que considerable, casi 70.000 a favor de la formación de la gaviota.

Paulino Rivero no se presenta a las elecciones porque haya entendido el mensaje, sino porque es sabedor de que en Coalición Canaria estaban hartos de él, hasta el mismo gorro de llevar a las Islas a una situación de enfrentamiento con el Estado hasta límites intolerables, como si Canarias tuviese el mismo peso que Cataluña, como si en el Archipiélago hubiese un factor diferencial. Aquí, en esta maravillosa tierra, lo que hay autóctono es un desempleo delirante, una sanidad de mírame y no me toques y unos niveles educativos inferiores a los de Ruanda Burundi. Pero eso, a este ímprobo presidente, le ha dado igual, su meta era hacer proselitismo contra España.

Eso sí, no nos engañemos. Fernando Clavijo, el hombre elegido, no es la octava maravilla. Estamos hablando de un político que ha tenido sus devaneos con el independentismo, que ha consentido en fiestas populares de La Laguna, donde aún ejerce de alcalde, que desaparezca la bandera española para dar vía libre al trapajo y estropajo secesionista de las siete estrellas verdes. Lo único que diferencia al nuevo de Rivero es su juventud y quizá, con el poso que da el tiempo, empiece a ver Fernando Clavijo que las siete estrellas verdad no pueden condicionar el bienestar de los canarios. Aunque antes, claro está deberá ganar las elecciones o bien conocer el arte milenario que tan bien conocen en Coalición Canaria para gobernar aun perdiendo elecciones.

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