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De improviso, un vendedor

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De toda la vida se ha dicho que el trabajo, sobre todo si está bien hecho, reconforta a la persona. Estamos en unos tiempos donde tener una ocupación laboral es una suerte de lotería y ya encima con premio gordo si además es vocacional. No hay mejor cosa que poder ganarte la vida con lo que más te gusta, aunque ya sabemos, querido lector, que no es lo habitual. Dudo bastante que haya muchas cajeras, barrenderos o controladores de estacionamiento que lo hagan por vocación. Más bien por la obligación de mantener a una familia o llegar a fin de mes.

Pero en realidad no deseo endilgarles el rollo sobre si estamos satisfechos o no con nuestro empleo. Más bien quiero centrarme en esa especie de comando que pulula por nuestras ciudades que son los ‘vendedores’ de ONG y que pueden asaltarle en cualquier esquina a poco que esté usted muy poco precavido. Verán, en los últimos tiempos las Organizaciones No Gubernamentales se han lanzado a probar una técnica de marketing que roza lo agresivo…para el ciudadano que se ve abordado sin comerlo ni beberlo por una legión de jóvenes que a duras penas sobrepasan los 20 años y que con técnicas más o menos cuestionables te tratan de colocar el rollo y el formulario para que te hagas socio de la ONG de turno.

Uno, por cuestión de educación y respeto, puede entender y comprender que estamos ante unos jóvenes que defienden con uñas y dientes su puesto de trabajo y que, supongo yo, van a comisión. A más socios, mayor la remuneración a fin de mes, pero no termino yo de ver la utilidad, por ejemplo, de plantarse en mitad de un pasillo de una concurrida estación de metro como Plaza de Castilla donde, por ejemplo, la gente va a toda pastilla en busca de hacer el transbordo, de ir a una cita concertada en una oficina o de acudir a los juzgados. Y pongo como ejemplo este punto de Madrid como podría decir perfectamente la plaza de La Candelaria, en Santa Cruz de Tenerife.

Y no hablemos de las técnicas y trucos aviesos que se gastan nuestros jóvenes, desde preguntarte por una dirección o, más retorcido aún, preguntarte la hora para, acto seguido, decirte que seguro que es temprano y que tienes cinco minutos para ellos (¡¡¡que luego se acabarán convirtiendo en 20 como te pongas a rellenar formularios!!!).

Reconozco, y no me duelen prendas, que cuando no me he podido quitar a alguno de estos ‘prendas’ de encima con educación he optado por la misma táctica de ellos, es decir la del engaño, la de darle todos los datos erróneos, desde mi nombre, al número de teléfono o a la empresa para la que trabajo. Sé que no es lo más ético, pero cuando a alguien le insiste en que no y ellos siguen con la matraca pues se acaban ganando a pulso que ya que te hacen perder tiempo, que ellos luego comprueben que también lo han perdido contigo.

Y es que, a modo de chiste, a estos ‘vendedores’ tendría que haberlos llevado Rajoy a negociar con Pedro Sánchez, alias ‘míster no’. Seguro que el líder socialista hubiera acabado claudicando, aunque sólo fuera por la pesadez de unos jóvenes que no se rinden ante una respuesta negativa así caigan chuzos de punta.

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