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Trincando un Rato

Es un golfo y acaba de dar con sus huesos en comisaría y dentro de unas horas a rendir cuentas (que de eso sabe un Rato) ante el juez. El señor Rodrigo Rato hace tiempo que perdió su condición de caballero para ser lo más parecido a un trilero de la Gran Vía, un sujeto funesto capaz de engañar a honrados ahorradores de Bankia para que arriesgaran su dinero en preferentes y se quedasen colgados de la brocha esperando un milagro o un ímprobo trabajo de los despachos de abogados más acreditados.

Este elemento de Rato perdió el oremus, la cabeza y la decencia desde que José María Aznar optó por no ponerle como el candidato del PP a la presidencia del Gobierno. Decía el presidente de las 10.000 abdominales al día que los bolsillos de los políticos debían ser de cristal y los de su delfín económico, al parecer, eran más opacos que el sobaco de un etíope. Nunca gustaron ni en Moncloa ni en Génova ciertas amistades del señor Rato y menos aún los negocios que éste tenía entre manos.

Este tipejo siempre fue por el mundo de perdonavidas. En España practicó mucho eso que es tan típico nuestro como el de que ‘usted no sabe con quién está hablando’. Este individuo solía levantar el teléfono para llamar cuando salía algo en prensa, radio o televisión que a él no le satisfacía. Luego, ya como director gerente del Fondo Monetario Internacional, siguió en su esfera alejada de la realidad y cuando se cansó de estar en Washington se vino para Madrid porque, según él, aquella vida le aburría soberanamente. ¿O tal vez era porque allí no podía ejercer de manguirulo?

Ya  de vuelta en España disfrutó la de presidencia de Bankia y siempre le perseguirá la imagen de cateto del pueblo con la copa de cava en una mano y tocando la campana con la otra. Él sí que dio el campanazo llevándoselo crudo con herencias no declaradas y aprovechando el muy golfo la regularización fiscal de Montoro. Ojalá y Rodrigo no pase sólo un Rato por la cárcel, sino que se tire una larga temporada, pero que antes, por supuesto, devuelva hasta el último céntimo de lo que no declaró y, de paso, que ese dinero vaya para pagar a todos los que ha estafado con las preferentes de Bankia. Menudo caradura con cara de gris funcionario.

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