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Desde mi escaño

Carlos Herrera y los envidiosos en Twitter

Si la envidia fuera tiña, más de media España estaría atestada de tiñosos y más en esta época moderna en la que las redes sociales dejan relucir y traslucir lo peor de algunas personas que, en sus aburridas y obtusas vidas sólo encuentran la satisfacción de poder esculcar las ajenas y poner como trapos a quienes simplemente realizan un simple comentario, ya sea crítico o elogioso. Es lo que tiene no tener nada que hacer o un cerebro que se ha mimetizado con el pensamiento de encefalograma plano que se ha instaurado en algunas televisiones de este santo país.

Ahora la china le ha caído al periodista estrella de la Cadena COPE, Carlos Herrera, al que una legión de envidiosos tuiteros se le han tirado al cuello por la única razón de elogiar el servicio atento y efectivo de unos camareros en un establecimiento de Sanlúcar de Barrameda. Sí, un tuit del locutor de la emisora episcopal agradeciendo la servicial amabilidad de unos empleados de un bar de la localidad gaditana le ha servido a ese grupito de internautas para meterse con Herrera al grito de “¡Señorito!”

Es decir, aquí, a juicio de esta especie de tribunal de la Santa Inquisición virtual, el hecho de llamarte Carlos Herrera implica no poder ir a una cafetería, a un bar o a un restaurante porque inmediatamente te etiquetan de déspota y de tratar poco menos que como despojo al resto de la sociedad, en concreto al sector de los camareros.

Para empezar, el señor Herrera, como cualquiera de ustedes, tendrá todo el derecho del mundo a invertir su tiempo libre y su dinero donde le plazca, entre otras razones porque, seas el periodista estrella de la radio o te llames Perico de los Palotes, cualquier cliente merece un atento y exquisito servicio y, en segundo lugar, porque Herrera o cualquiera de nosotros paga religiosamente la consumición de turno y el hecho de que vengan a nuestra mesa a servirnos no nos convierte en señoritos, sino en clientes de un centro sin más derechos que los establecidos normativamente. ¿O acaso pretenden estos tuiteros que le sirvieran las consumiciones a Herrera en el suelo o que se las tirasen desde cuatro metros de distancia?

No es de extrañar, desde luego, a tenor de este tipo de comportamientos en las redes sociales, que gente famosa acabe cerrando sus cuentas o acabe mudándose temporalmente de las mismas ante la caterva de elementos demasiado aburridos en construir una actitud positiva ante la vida y empeñarse únicamente en entrometerse en vidas ajenas, en las opiniones de personas que sólo tratan de destacar un excelente servicio o de criticar, con argumentos sólidos, una mala atención. Por desgracia para ellos, a Herrera todos esos elementos le vienen resbalando y él seguirá yendo a nuestros bares, restaurantes, tascas, tabernas y cafeterías porque es, ante todo, no un señorito, sino un auténtico señor que se viste por los pies.

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