La acongojada Rosa Belmonte da el do de pecho con su definición sobre Sarah Santaolalla
Hay días en los que la televisión española regala momentos de oro puro. No hablamos de grandes debates ni de revelaciones políticas: hablamos de ese instante en que alguien, sin anestesia, suelta la bomba que todos llevan rumiando en casa.
El pasado martes 10 de febrero de 2026, en El Hormiguero, Rosa Belmonte protagonizó uno de esos instantes.Pablo Motos mencionaba a una tertuliana que había llamado “traidor” a Felipe González. Rosa, con esa mezcla de hastío y desparpajo que la caracteriza, soltó: “¿Esa que es mitad tonta y mitad tetas?”. Silencio sepulcral. Juan del Val sonrió como quien acaba de oír un chiste verde en misa. Pablo Motos fingió no recordar el nombre. Y la hormiga Barrancas miró a cámara como si hubiera presenciado un crimen. El comentario era crudo, directo, políticamente incorrecto hasta el tuétano. Y, sobre todo, acertadísimo en su brutal sinceridad.
Porque Sarah Santaolalla no es precisamente un dechado de sutileza intelectual. La analista de RTVE (y ocasional de Mediaset) se ha convertido en la voz más estridente del sanchismo televisivo: recita consignas con la misma pasión que una hincha en el fondo sur, confunde ministros con localidades gallegas, insulta a medio país llamándolos idiotas y, cuando le responden, se refugia en la victimización perpetua. Es la Belén Esteban del PSOE 4.0: gritona, enchufada y siempre dispuesta a llorar agravio.Rosa Belmonte, en cambio, no llora. Rosa dice lo que ve. Y lo que vio (y lo que vemos todos) es una división casi perfecta: la mitad de su presencia en pantalla la ocupa una retórica simplona, repetitiva y a menudo errática; la otra mitad, un físico que parece diseñado para distraer de lo primero.
¿Es machista decirlo? Solo si consideramos que llamar “tonta” a un hombre es tolerable, pero mencionar “ tetas” a una mujer activa automáticamente el código rojo feminista.La izquierda, previsible como un reloj suizo, saltó al cuello: “ataque machista”, “misoginia”, “humillación sistemática”. Sarah Santaolalla exigió nombre y apellidos en las disculpas, porque “tengo dignidad”. Dignidad, dice. La misma que exhibe cuando tilda de traidor a un expresidente socialista o cuando defiende con uñas y dientes políticas que la mitad de España repudia.
Y Rosa Belmonte, la gran villana del momento, primero se acongojó (o fingió acongojarse): pidió perdón “a quien se haya sentido ofendido”, sin nombrarla, en plan genérico. Clásico de quien sabe que ha metido la pata en directo pero no se arrepiente del fondo. Al día siguiente, en esRadio, remató la faena: “No me creo de verdad que alguien se pueda sentir ofendida por eso. Si es para hacer aspavientos, no me disculpo”.Bravo. Porque el verdadero escándalo no es el comentario de Rosa. El escándalo es que una tertuliana como Sarah Santaolalla cobre un dineral público y privado por gritar obviedades mal hiladas, mientras se ofende mortalmente cuando alguien le devuelve la moneda en el mismo idioma que ella usa a diario contra los demás.
Rosa Belmonte no inventó nada. Solo puso nombre (o más bien, descripción anatómica) a lo que millones piensan en silencio: que el estrellato mediático de ciertas figuras del sanchismo se sostiene más en el postureo y el físico que en el talento o el rigor. Y que, cuando te pasas la vida ofendiendo a medio país, no puedes escandalizarte porque te devuelvan el golpe con humor negro.Al final, la definición de Rosa no es solo cruel: es certera. Mitad tonta (en lo intelectual), mitad tetas (en lo que vende audiencia). Y el 100% de razón en que, en esta España de ofendiditos profesionales, decirlo en voz alta sigue costando caro… pero también libera.Porque a veces, la verdad no necesita eufemismos. Solo alguien con ovarios para decirla.Y Rosa, esta vez, los tuvo de sobra.
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